Una de miedo

Estaba yo tan tranquila, en el trabajo, pensando en mis cosas, pasando facturas, papando moscas. O sea, trabajando. Cuando de pronto llega alguien. Una señora muy alta, extranjera. Llevaba un elegante traje sastre y unos taconazos, con lo que pasaba de largo el 1,90 m. de estatura. El pelo largo, suelto y rubio. Voz suave y profunda. Una clienta, vaya.

Ella: Buenos días, tengo una reserva a nombre de Miller.
Yo: Buenos días. ¿Me permite su pasaporte, por favor?

Me dio su pasaporte, lo abrí, y a que no adivinan lo que venía dentro?

No, ni había un bicho aplastado.

No, no había fotos de políticos en actitud cariñosa

No, tampoco había un resguardo de equipaje, ni el ticket del Carre, ni la banda protectora de un salvaslip.

Lo que había, en lugar de su foto, era la imagen de un señor, de unos 45 años, calvo y con un enorme bigote. Su nombre, Karl Miller.

Ostras…..

Esta es una de esas situaciones para la que no te preparan en la escuela de turismo. Hay que andar con cabeza fría y pies de plomo. Miré al ordenador fijamente pidiendo al cielo compostura y calma. La miré, le sonreí, y en pocos segundos noté ciertos detalles que hasta ese momento me habían pasado totalmente desapercibidos. Ciertamente vestía un elegante traje sastre y unos taconazos, de la talla 45, y la melena suelta y rubia. Pero en realidad era, es, un hombre con peluca. Empecé a teclear datos con toda la calma que fui capaz de reunir, mientras decidía la mejor manera de enfrentarme a lo que se me venía encima

Mi cabeza gritaba cuan maruja histérica«¡AHHHHHH, QUE HACEMOS!?!?!?!» Por suerte, mi lado racional se impuso y grito a su vez «DAR UNA HABITACIÓN A ESTA SEÑORA ANTES DE QUE SE HUELA ALGO RARO!!!» Señora…, claro!! Viste como una señora, anda como una señora. Es una señora!!!

Y: Hmmm….., déjeme que compruebe si las fechas son correctas Sra. Miller.

La Sra. Miller ni resolló…buena señal.

30″ de tecleo mas tarde…

Y: Aquí tiene su llave, pasaporte y el recibo de su tarjeta. Si necesita algo mas solo tiene que pedirlo.
E: Si, donde puedo guardar mi bicicleta?
Y: En el maletero. Por aquí…
E: Por cierto, el nombre de mi pasaporte está mal. Aun no me han dado el nuevo…
Y: El caso es que si necesitara presentar la factura es necesario poner su nombre tal y como aparece en su pasaporte.
E: No, no la necesito.
Y: Perfecto, que desea que pongamos.
E: ¿No es un problema?
Y: En absoluto.
E: Ahora me llamo Kristina. Pueden ponerlo en mi ficha.
Y: Por supuesto 🙂

Cuando la clienta se fue me puse en marcha. Llamé al director, la gobernanta, y al jefe de cafetería, y les conté lo que me acababa de pasar. No piensen mal, no fue por cotilleo puro y duro…bueno, no solo por eso. Flipamos a coro, era la primera vez que teníamos a un cliente tan especial. Tantas cosas podían salir mal! Esta señora se iba a alojar con nosotros durante 3 semanas. Lo menos que podíamos hacer era evitar en la medida de lo posible que el resto de personal del hotel la mirara como si fuese un bicho raro. Es una clienta y tiene derecho a estar cómoda. Con la actitud de los demás clientes no se podía hacer gran cosa. Pero por nuestra parte el trato debía ser como con cualquier otro cliente, o sea, exquisito.

He tenido clientes especiales antes, tantos que merecen otro post. Y en todos los casos hay que tener mucho cuidado. Un cliente satisfecho hablará de ello con un mínimo de entre tres y seis personas. Uno insatisfecho recorrerá el mundo contándoselo a todo el que quiera escucharle. Uno que se sienta maltratado o discriminado…no quiero ni pensarlo.

Admiro a personas como ella, que tienen la valentía de vivir de acuerdo a sus preferencias. Hasta hizo bicicross por toda la isla ataviada con un mono de ciclista rojo y una gorrita de charol a juego, y no la molestó ni el aire. Tuvo suerte, pudo haber salido fatal, pero salió bien. De hecho volverá en septiembre, con dos amigas. Ainsssss. Ese puente lo cruzaremos cuando lleguemos a el.

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